Conocí. Sentí. Recorrí. Mentí. Caí. Asumí. Aprendí. De pretérito imperfecto simple. Creyendo que éramos la primera persona del plural.

Conocí. A la persona que se sorprendió con mi sonrisa al recordarme. O con la suya mientras lo hacía. Porque nadie me dijo como despedirme de mi cuando te fuiste. No me importó. Tampoco sabías lo bonita que estabas cuando venias con tus propios defectos ni lo guapa que te ponías con un te quiero sin venir a cuento.

Sentí. Un “joder, que ganas tenía de verte” con prisa, sin saber si iba delante o detrás. Buscando un camino que casi siempre parecía de vuelta y, aun así, lo recorrió. Lo recorrí.

Recorrí. Tus ojos cansados de tanta despedida. Puedes irte y no volver, pero no quedarte sin estar. De aquella vez que te lo di todo y me quedé sin nada. Cuidando tu ‘para siempre’ en mi bolsillo y un ojalá de recuerdo. Y reírnos. Como si nunca te hubiera llorado.

Mentí. Cuando intenté explicarte que cogerse de la mano cuenta como rescate. Y aun así, fuimos música entre tanto ruido. Pero no me hables de miedo si nunca me has visto temblar ni cuentes por qué tuviste la casualidad de encontrarte con alguien tan perdido como yo. Y tu sin saber que la luz al final del túnel, era tu sonrisa.

Caí. Como cuando escuchaba mis pasos lentos al saber que regresaría con las manos vacías. Como cada cigarrillo que apagabas desnuda mientras te dejabas llevar por los errores. Ojalá te vieran como yo te pienso. Porque cuando te brillan los ojos estoy perdido. Saldremos de esta. Para meternos en otra. Te dejo mi nube. Por si se rompe tu cielo. Con tantos golpes y ni uno solo de suerte.

Asumí. Que todo lo que sé, lo aprendí mirándote a los ojos. El extraño sonido de tu parpadeo a unos milímetros de mi oído, tu acelerador suave, nuestro “ a tomar por culo todo” mientras observábamos lo que se acababa. Fracasar, pero a tu lado.

Aprendí. De otro ‘lo sabía’ que llegó tarde. Porque nunca me importó el tiempo que creyeron que perdía, el que creí ganar, ese es el que me preocupaba. Porque no acercarse, también es cuidar. Porque a veces tarde, también es lejos. La de cosas que te digo por dentro. La de veces que no me besaste con los ojos cerrados. Lo bonito de escribir sin pensar que es lo que cuento sin querer.

 

Alberto Rivas.

 

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